El esparto (Stipa
tenacissima L.) es una planta gramínea que puede alcanzar hasta un 1 m de altura. Crece de una
base bastante ramificada formando cepellones o macollas llamadas espartales o
atochares, y en las que, si no se cogen, suelen permanecer las hojas secas de
años anteriores. Sus hojas filiformes,
muy duras y flexibles, enrolladas cilíndricamente, pueden llegar a medir hasta 50 cm. de largo y 1 mm. de diámetro. Las flores se disponen en panículas
amarillentas formadas por muchas espiguillas que pueden llegar a alcanzar hasta
1,50 m.
de altura la floración tiene lugar entre los meses de abril y junio. Crece en
terrenos arenosos y pedregosos, estériles y áridos, y si a esto añadimos que
necesita muy poco agua, comprenderemos porque es tan abundante en el sureste de
la península Ibérica. Tiene un gran valor ecológico ya que es una especie protectora de animales
que impide la erosión de un ecosistema tan frágil como es la estepa ibérica y
norteafricana.
El esparto,
junto con el lino y el cáñamo, fue de las primeras fibras vegetales que el
hombre desde la más remota antigüedad comenzó a utilizar para fabricar prendas de vestir, enseres
domésticos, útiles de trabajo y para construir sus habitáculos, como así queda
constancia en los asentamientos neolíticos y en los enterramientos encontrados.
Sirva a modo de ejemplo los enterramientos neolíticos encontrados en la “Cueva
de los murciélagos” de Albuñol (Granda), o los de Galera, también en la misma
provincia, en los que junto a esqueletos se han encontrado calzado, cestos de
esparto y cuerdas.
El esparto,
al ser una planta desconocida en otras zonas de Europa, atrajo hacia la
península Ibéricas a los pueblos colonizadores del Mediterráneo. Con el auge de
la navegación y la consiguiente necesidad de cuerdas, sogas y maromas para el
manejo de las embarcaciones, nació una floreciente industria basada en la
transformación del esparto en todos estos productos que demandaban pueblos
marineros como los fenicios -que fueron sus introductores-, los cartagineses, los griegos y los romanos. Así
también como cestería y tejidos trenzados para la minera y la agricultura.
Durante la dominación romana, el esparto sería objeto de un intenso comercio
que partiendo desde el puerto de Carthagonova (Cartagena) llegaría hasta todos
los confines del Imperio Romano.
Lo que desde
la Prehistoria
hasta bien mediados el siglo XX fue una industria que daba trabajo a numerosas
personas como alpargateros, cordeleros, hiladores, esparteros especializados en
capachos, esteras, alfombras, maromas, sogas, útiles agrícolas y doméstico etc., hoy día con la utilización
masiva de las fibras sintéticas, de los plásticos y del caucho, por desgracia,
son oficios prácticamente desaparecidos o llamados a desaparecer en unos
cuantos años. Y es que en la mayoría de los pueblos que antes se dedicaban al
esparto, hoy día con los dedos de una
mano se pueden contar las personas –todos ellos bastante mayores- que aún saben
trabajarlo. Por eso, cuando el último espartero se vaya, se llevará con el todo
un saber milenario que no vamos a poder transmitir a las siguientes
generaciones. Por ello, aunque sólo sea a modo de testimonio, quiero detallar a
continuación todo el proceso del esparto desde su recogida, pasando por su
conservación y forma en que se trabaja, para terminar con un muestrario de los
utillajes y utensilios más frecuentes que se solían confeccionar con este
producto.

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